domingo, 24 de octubre de 2010

EL CAMINO DE LOS PINOS

"El filósofo, debe hacer filosofía cuando ya la vida ha pasado"


Hegel

EL CAMINO DE LOS PINOS


Es una historia complicada, ya la había visto millones de veces en películas, pero jamás creí que pudiera llegar a pasar en la realidad algún día. Yo era un profesor como cualquier otro, aunque mis alumnos no lo creyeran así. Enseñaba en un pueblito de las afueras de Buenos Aires a adolescentes entre 15 y 18 años. Ellos me conocían como el profesor loco, o el “hippie”. Yo sabía que eso era a causa de la forma en que me vestía, con mis viejos jeans y mis zapatillas gastadas. Usaba el cabello algo largo, era profesor de música y tenía una tendencia pacifista natural.

Estaba acostumbrado a tener bastantes alumnos, porque trabajaba en varias escuelas a la vez, pero mi forma de ser me llevaba a tratar de interiorizarme un poco en la vida de cada uno de ellos. Así conocí a Nicolás, era un chico sencillo, lleno de sueños. Vivía solo con su madre, ya que su padre había fallecido años antes de que yo lo conociera, y no tenía hermanos. Siempre me decía que le hubiera gustado tener la posibilidad de tener hermanos pequeños, o algún pariente más pequeño que él, con quien jugar y compartir su tiempo libre, sobre todo cuando era chico porque en esa época aseguraba haberse aburrido bastante. Un día este joven vino bastante inquieto y se acercó rápidamente a mí.

-¿Qué te sucede, muchacho?- pregunté

-Mi novia necesita ayuda para el examen de ingreso a la Facultad y me preguntaría...

-Deja de dar vueltas, ¿quieres que la ayude?

-Eso la tranquilizaría mucho.

-¿Hay algo más de lo que desearas hablar?- pregunté no sólo por cortesía, sino porque en verdad me interesaba por saber qué le sucedía fuera de la escuela.

Entonces comenzó a contarme que su novia pronto ingresaría a la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires y que tendría que rendir un examen de ingreso y, sabiendo que yo era también profesor de Filosofía, decidió acudir a mí. Además según él, ella le echaba la culpa de sus nervios a toda esa situación, pero él tenía miedo de que ella fuera a dejarlo, ya que iba a mudarse a la capital y sólo se verían los fines de semana. Traté de tranquilizarlo diciéndole que probablemente si ella le decía que esa era la causa de su malestar tuviera razón, y que por otro lado, no había motivo alguno para creer que el sólo hecho de estar un poco más distanciados pudiera acabar con su relación, si era en verdad fuerte.

Pronto él se encargó de presentarme a la chica y comenzamos a reunirnos en la plaza que estaba frente al colegio. Era verdad, no me hizo falta cruzar palabra con ella para notar que estaba por demás stressada, y además que no le gustaba la idea de estudiar en la plaza. Traté de explicarle que era un lugar tranquilo, donde podíamos distendernos de vez en cuando y no prestarle atención solamente al estudio; pero ella no quiso entender, así que terminé llevándola al barcito que estaba a dos cuadras, donde nunca había nadie y donde ella se sentía más a gusto: con un libro sobre la mesa. Pronto noté que en realidad lo único que hacía era leer mucho, rápido y sin prestar atención, por lo que no necesitaba alguien que le enseñara, sino alguien que la vigilara para que no se distrajera, y definitivamente yo no era la persona adecuada. Comenzó a observar mis viejas zapatillas, y después comenzó a hacerme preguntas sobre mí. Entonces armé un plan: estudiábamos una hora y descansábamos media. Media hora de descanso era demasiado, pero esta chica lo necesitaba. Estaba tan agobiada que lo que en verdad necesitaba hubieran sido unas vacaciones en el Caribe, no entrar a la Facultad, pero eso era algo que yo no podía aconsejarle.

La próxima vez que la vi, llevé conmigo mi guitarra, y traté de convencerla de ir de nuevo al parque. No hubo caso, ella creía que aprendía más encerrada entre cuatro paredes con la cara pegada a un libro, pero de todos modos yo estaba decidido a enseñarle que no es así como se estudia Filosofía. "Filosofía es algo más que libros, tesis, pensadores y razonamientos", le dije un día, pero ella seguía con la idea de que sólo pasaría su examen si aprendía de memoria cada teoría y cada forma diferente de llegar a la misma conclusión.

No fue hasta que logré convencerla de ir a la plaza cuando todo comenzó, entonces ella se dio cuenta de la verdad, y yo también. Ese día abrimos mil puertas, y deberíamos haber dejado cerradas varias de ellas. Ella entendió qué era en verdad la Filosofía y por primera vez logró comprender a qué se refería Hegel al decir "El sentimiento es la forma inferior que un contenido puede tener; en ella existe lo menos posible." y probablemente, yo también. En nuestra media hora libre comencé a mostrarle una canción que yo había comenzado a componer y que no sabía cómo continuarla. En ese momento ella se relajó bastante y por primera vez desde que la había conocido la vi sonreír. Entonces fue cuando descubrí cómo terminar la canción y cuando ella volvió la vista otra vez a su libro y se olvidó de mí, yo no pude olvidarme de ella. Tenía el típico carácter rebelde de una adolescente, combinado con la magia de quien no quiere recibir ayuda de nadie y sólo quiere armar su propio destino. Yo ya sabía las formas en que podía acabar, ya había vivido todo eso varios años atrás y, si todo salía bien, en unos años se sentiría satisfecha consigo misma.

Compuse la canción y a la semana siguiente se la mostré. Esa fue la segunda vez que la vi sonreír. Comprobé que su sonrisa era algo sublime, pero ni siquiera pensaba en lo que en verdad me estaba sucediendo, no quería tener que admitirlo. Veía a Nicolás una vez por semana en la escuela, y a ella la veía casi todos los días, ya que habíamos comenzado a reunirnos más seguido al acercarse la fecha del examen. Un día se acercó Nicolás durante el recreo y me dijo:

-¿Podemos hablar?

-Sí, ¿Qué sucede?

-Julieta sigue extraña

-Ya lo sé, pero déjame decirte que creo haber llegado a conocerla bastante bien y son sólo los nervios que siente, una vez que pase el examen probablemente vuelva a ser la de antes.

Entonces comencé a preguntarme cómo sería la Julieta de antes, jamás la había conocido. Y tampoco tendría la posibilidad de conocer a la Julieta que apareciera una vez que hubiera aprobado el examen. Y así fue, unas pocas semanas más y llegó la fecha límite. Pasó su examen y se mudó a la Capital, tal y como lo había previsto Nicolás. Pronto el año terminó y yo dejé de verlo a él también, por lo que perdí toda posibilidad de recibir noticias suyas.

Nunca más supe de ella hasta un día en que finalmente pude comprobar que ella conocía mis sentimientos, y además los correspondía. Ambos estábamos más grandes y muy cambiados: el tiempo había dejado su marca en nosotros. Ella ya no era la adolescente que yo una vez había conocido, ya no usaba uniforme de escuela ni el pelo atado desprolijamente. Probablemente ella dijera lo mismo de mí: yo tampoco usaba mi cabello largo, ni mis jeans y zapatillas viejas. Ese día yo vestía de camisa y corbata y ella un gran vestido blanco. Yo estaba allí porque un amigo me había invitado a ir a la boda de su sobrino, y allí fue donde volví a verla y ella estaba allí porque el sobrino de mi amigo le había propuesto matrimonio.

Todo sucedió mientras ella se estaba tomando fotos cerca del camino y yo estaba del otro lado, alejado de la gente ya que no estaba permitido fumar. Noté que los fotógrafos regresaron al interior del salón y ella se alejó, pidiendo que nadie la siguiera, "en menos de diez minutos regresaré". Todos ellos obedecieron, pero como yo no estaba entre aquellos hombres no tenía por qué acatar esa orden... y la seguí. Me pregunto qué habrá pensado la gente entonces... Qué habrá pensado Nicolás... porque no fueron precisamente diez minutos los que pasamos en ese bosque de pinos al otro lado del camino. Pero de todos modos regresamos a la fiesta, y luego de aquel día perdí toda posibilidad de recibir noticias suyas.

No supe nada más de su historia. A menudo me preguntaba si sería feliz con Nicolás... Si tendrían hijos juntos... Si alguna vez ella pensaría en mí... Si recordaría lo sucedido aquel día, así como yo lo recordaba al levantarme cada mañana, y antes de quedarme dormido cada noche.

Hasta que un día, veinte años más tarde, lo inesperado sucedió: tocaron la puerta de mi casa y mi sobrino abrió. Allí la figura de una mujer se hizo presente y yo pude ver cómo su rostro hizo un gesto al ver quién abría la puerta, creyendo que era mi hijo. Mi sobrino había oído nuestra historia miles de veces, por lo que no tardó en reconocerla y pronto le dijo "soy el hijo de su hermana, vengo aquí para hacerle compañía durante las tardes". Entonces abrió la puerta por completo, invitándola a pasar; y pude ver que la acompañaba una joven.

"Ven cariño, te presentaré a un antiguo profesor y buen amigo mío", dijo Julieta. Esa frase me daba a entender que no podía pronunciar palabra sobre lo que en verdad había sucedido. Yo, que ya tenía entonces sesenta años, y usaba una camisa gastada, pantalones holgados y tenía el pelo bien corto y canoso, presenté a mi sobrino y le conté que jamás me había casado. Ella usaba un vestido largo y sencillo y me contó que aquella, de veinte años, era su única hija. La joven lucía exactamente como Julieta cuando yo la conocí: tenía los ojos soñadores, la actitud impaciente... y usaba zapatillas gastadas y jeans desteñidos.

viernes, 30 de julio de 2010

La Balsa De Oro: FINAL

con la bruma que generaba la tormenta, lo único que se distinguía con claridad era la luz del faro.


-Necesitaré que remes... sólo no puedo- dijo el hombre mirando a Manuel. En ese momento Graciela reconoció a Hernán.

Entre los dos remaban al doble de velocidad y Graciela creyó que jamás volvería a tierra firme. Las olas los envolvían constantemente y la tormenta parecía cada vez más fuerte. En el medio de las olas, distante hacia una diagonal, Graciela creyó ver lo que tanto buscaban, y un fuerte escalofrío le recorrió el cuerpo.

-¡Hacia la derecha, muchachos!- dijo Graciela dudando de lo que acababa de ver.

Los dos hermanos comenzaron a remar alimentando excesivamente sus esfuerzos y en un momento se vieron envueltos en olas gigantescas.

-¡Allí está! ¡La veo, la veo!- gritaba Manuel con una sonrisa en el rostro.

Hernán comenzó a remar rápidamente, para así acercarse lo suficiente gritó: ¡Salten!

Manuel fue el primero en poner un pie en aquella leyenda flotante y luego hizo una seña, indicándole a Graciela que saltara con él. Ambos se encontraban ya en la balsa cuando llegó el turno de Hernán y, entre las olas cada vez más revueltas, las balsas comenzaron a separarse. La tormenta era cada vez más intensa y mientras Manuel se estiró para sujetar a Hernán, tanto la balsa como el pequeño bote se dieron vuelta arrojando a los tres al agua, sin darle chance a ninguno de aferrarse a algo. Los tres se hundieron rápidamente y quedaron dramáticamente separados por las olas.

Lo próximo que reconocieron fue la terraza del bar, porque poco después de que cayeron al agua, los tres perdieron el conocimiento mientras intentaban, inútilmente, nada hasta la orilla...

-¿Qué pasó?- Fue lo primero que preguntó Hernán al despertar en el piso

-¿Dónde estoy?- dijo a su vez Graciela sin poder reconocer el lugar.

Manuel aún yacía inconsciente en el piso.

-Luego de que su hermano lo vino a buscar todos los que estábamos en el bar salimos a la terraza a ver qué pasaba- dijo un hombre de la multitud.

-¿Vieron todo lo que pasó?- Intervino Graciela

-Sí, vimos que habían caído al agua y fuimos a buscarlos.

-¿Quién nos sacó del agua?- preguntó Hernán

-No hizo falta; las olas los arrojaron a las rocas.

-¡¡LA BALSA!!- gritó Manuel, incorporándose del piso y asomándose por la terraza para ver el mar.

-No querrán saber lo que le pasó a la balsa...

-¿Lo mismo que hace 200 años?

-Exactamente lo mismo... desapareció luego de la tormenta.

viernes, 16 de julio de 2010

La Balsa De Oro: Parte IX

¿Y qué se supone que haga?


-Sólo mira el horizonte

Dos horas más tarde, la tormenta era una gloriosa explosión de colores y de un momento a otro Graciela creyó ver un reflejo en el horizonte.

-¡¿Lo viste?!- Exclamó Manuel

-¿Seguro que no fue un rayo?

-¡No, es la balsa!- gritó al tiempo que se ponía de pie y corría por el pasillo oscuro. Graciela no tuvo más opción que seguirlo y en menos de dos minutos estuvieron en la arena, bajo la lluvia.

-¿A dónde vamos?- gritó Graciela

-¡Espera y verás!- Respondió Manuel, mientras daba la vuelta al faro corriendo.

Del otro lado Graciela descubrió que había, en un pequeñísimo muelle, un botecito con un hombre esperándolos.

-¿Qué piensas hacer?

-¡Vamos tras la balsa de oro! ¿Vienes conmigo, no?

Graciela no respondió nada, Manuel sólo la ayudó a meterse al bote, sin perder un minuto más.

-¡Ya lo he hecho antes!... ¡Pero esta vez la atraparé!- dijo más que entusiasmado, Manuel.

Un hombre los estaba esperando en el bote. Comenzó a remar y en menos de cinco minutos estaban en el medio del mar y,

lunes, 12 de julio de 2010

La Balsa De Oro: Parte VIII

-¿Por qué sonríes?- preguntó Manuel


-Nada, nada… sólo que…

-¿No crees en aquella historia, o sí?

-No es eso, es que… cuando estabas callado mirando el mar parecías tan tranquilo y callado todo el tiempo…

-¿Y ahora?

-Ahora luces como un niño

-¿Un niño?

-Sí, en el buen sentido… Es decir, cada vez que hablas de la historia abres los ojos y aparece una enorme sonrisa en tu rostro.

-¿De verdad?, nadie me lo había dicho antes.

-Quizás nadie había puesto atención

-¿En mí o en el relato?

-En ninguno de los dos.

En ese momento Manuel detuvo el auto y señaló, entre el millón de estrellas lejanas que se veían en aquel cielo tormentoso, una luz que brillaba nítidamente. No tuvo que usar palabras para que ella se diera cuenta de qué ese era su destino y algo le hizo creer que estaba extremadamente lejos de donde se encontraban.

Dejaron el auto en el fin de una calle y bajaron a la playa. Graciela comenzó a caminar lento, creyendo que l faro estaba a kilómetros de distancia y que de ese modo se cansaría menos, pero Manuel la sorprendió diciendo:

-Sólo está a unos 200 m... Sólo hay que subir una pequeña colina.

Graciela se sintió engañada por sus propios ojos de modo que aceleró notablemente el paso.

Era exactamente media noche cuando llegaron al faro y unos cinco minutos más tarde comenzó la anunciada tormenta. Manuel intercambió algunos saludos con los muchachos del lugar y luego nos condujeron por un largo pasillo. Se sentían los truenos retumbar en todo el lugar y al llegar al inmenso cuarto, con paredes de vidrio en todas las direcciones (excepto en donde se encontraba la puerta que daba al pasillo). Desde aquel cuarto, donde uno olvidaba la existencia de los vidrios, en lo alto de una alejada torre, parecía que el mundo esta a punto de abrirse en dos.

Los rayos caían en la costa y sobre el mar con una ira que ella jamás había visto antes.

-No te distraigas con los rayos, no es eso lo que vinimos a buscar.- Dijo Manuel

miércoles, 7 de julio de 2010

La Balsa De Oro -- Parte VII

Poco más tarde regresaron a la terraza del café y siguieron observando el reflejo dorado entre las olas desde lejos.


Graciela no creía que aquella leyenda fuera cierta, no tenía ningún sentido que un barquito de oro siguiera en aquellas aguas desde hacía doscientos años, pero estaba empezando a sentir simpatía por Manuel

-Va a sonarte raro, pero ¿no te gustaría ir a observarlo desde el faro?

-¿El faro? ¿Hay un faro aquí?

-no está exactamente aquí… está como a media hora en auto

-¿Y, cómo llegaremos hasta allí? Además es medianoche… mejor regreso mañana temprano y vamos allá… -dijo Graciela pensando en qué pasaría si en su casa descubrieran que ella no estaba.

-¡Vamos! ¿Te asusta un poco de aventura?

-Pensé que querías hacerlo por diversión, no por aventura

-La aventura me divierte, ¿a ti no? ¿Además, qué puede salir mal?

-Tienes razón… pero ¿Cómo entraremos en el faro a esta hora?

-No hay problema… He ido un montón de veces durante la noche, nunca logré ver nada, pero tienen telescopios y otros artefactos muy potentes y precisos…

-¿Los telescopios no son para mirar las estrellas, no las olas?- dijo Graciela riéndose

-Tú sigues burlándote de todo… ya verás que no son puras habladurías…



Así que Graciela aceptó ir con Manuel al faro a poner a prueba el mito más antiguo de aquel pueblo.

-Sólo espérame un momento en el bar, yo iré a buscar mi auto- dijo Manuel con el entusiasmo de un niño de cinco años.

Graciela esperó mientras le contaba todo a Hernán, decía que no creía ni una sola palabra de aquella antigua leyenda de pueblo, pero sabía bien que su hermano no pensaba lo mismo, y que desde que era un niño había sentido una curiosidad especial por aquella historia.

De un momento a otro Manuel apareció con su auto. Graciela no estaba muy segura de aquel paseo hasta el faro, y no tenía el menor interés en aquella fábula, pero el entusiasmo de Manuel parecía crecer más a cada minuto “probablemente sólo está tratando de tener una cita” se dijo Graciela a sí misma.

miércoles, 23 de junio de 2010

La Balsa De Oro - Parte VI

-¡Un naufragio!- gritó Manuel mientras corría hacia una escalera que conducía hacia la playa


-¡Espérame!- gritaba Graciela -¡Yo también quiero saber!

Manuel corrió escalera abajo y, unos pocos pasos más arriba iba, siguiéndolo, Graciela. Finalmente llegaron a la orilla del mar, donde estaban dos hombres, sacando del agua oscura a otros tres.

-¿Qué pasó?- gritó fuerte Manuel en el momento exacto en el que Graciela lo alcanzó.

-La tormenta hizo estrellar nuestro pequeño botecito contra las rocas de allá- dijo, con voz grave el hombre, señalando unas rocas que se veían hacia el sur.

-Peri si la tormenta aún no comienza- dijo Graciela

-Seguramente ya llovía en donde estaban ellos- dijo, explicándole en voz baja Manuel.

-Y, ¿qué hacían en un bote durante la tormenta?- agregó Manuel

-Seguíamos eso... Como todos los demás- dijo el hombre, mientras señalaba el reflejo dorado, que ahora se veía más brillante que nunca.

-¿Es el mismo que vimos nosotros allá arriba, no?- dijo Graciela mirando a Manuel.

-Supongo que sí…

-Pero ¿Por qué seguían un simple reflejo del mar?- dijo Graciela mirando al hombre, que aparentaba ser un pescador

-¿No conocen la leyenda?

-Sí- No…- contestaron Manuel y Graciela al mismo tiempo

-¿No conoces la historia?- agregó instantáneamente Manuel

-¿La historia del destello brillante en las olas?- dijo Graciela burlándose

-No, la de la “Balsa de Oro”- dijo, algo ofendido, el pescador

-Jamás la había oído antes- dijo Graciela

-¿Porteña, no?- dijo con desdén

-Sí

-¿Conoce al virrey Cisneros, verdad?

-El de la Revolución de Mayo…

-Sí, ¿Cuántos otros hubo?... Bueno, se dice que toda la gente española que estaba alrededor suyo comenzó a llevarse parte de todas las riquezas que tenía, cuando vieron que las cosas se “ponían feas”

-¿Y él sabía de eso? ¿O se las robaban?

-Supuestamente le habían dicho que era por su seguridad… pero nadie jamás volvió a saber de ellas

-¿Ni siquiera los que las habían robado?

-No, porque en realidad más que ladrones eran como Robin Hood

-¿Por qué?

-En realidad todos esos creían que hubieran sido mejores en el puesto de Cisneros y él no hacía otra cosa más que mostrarles a todos que era él quien tenía el poder.

Así que cuando todos se cansaron se pusieron de acuerdo y comenzaron a robarle las cosas y lanzarlas al mar en balsas de oro… con la esperanza de que otras personas las halaran. Se supone que en total eran siete balsas… los uruguayos dicen haber hallado dos… incluso dicen que se halló una en Ushuaia, pero yo dudo que haya llegado hasta allí.

-¿Y creen que eso de allí es una de esas balsas?

-Hay un mito en este pueblo (como en muchos otros), Señorita: Supuestamente las balsas se arrojaron a comienzos de 1810 y la gente asegura que un hermano de Cisneros vino hasta aquí en 1811 y se embarcó con unos pescadores… se dice que hallaron la balsa, luego de varios días, pero que en el camino un temporal hizo que se perdieran y se estrellaran en aquellas rocas de allá

-¿En las mismas que se estrellaron ustedes?

-Exacto. Mi bisabuelo aseguraba que el suyo había sido uno de los que estaba con los pescadores aquel día…

-¿Y qué pasó con la balsa?

-El temporal era tan intenso que por más que la gente trató de recuperarla, todos los esfuerzos fueron en vano y a la mañana siguiente la balsa ya había desaparecido

-¿Se la robaron?

-¡NUESTRA GENTE NO ROBA! ¡SE LA TRAGÓ EL MAR!

-Así que, resumiendo, ¿Creen que es una balsa, hecha de oro, que lanzaron al mar en 1810 y que encontramos aquí un año más tarde, pero que volvió a tragársela el mar y que doscientos años más tarde regresa al mismo lugar?- dijo Graciela burlándose, nuevamente.

-No, creemos que nunca se fue de esta agua y no se burle, Señorita, yo no me río de sus leyendas…

martes, 22 de junio de 2010

La Balsa De Oro: Parte V

Recordando todo eso, se sintió bendecida por no haberlas vuelto a cruzar. Así que tomó un taxi y llegó al mismo lugar de siempre. Como era un poco más temprano que otros años, estaba lleno de gente. Se sentó en el mismo lugar de siempre que, por suerte, nadie había ocupado aún.


-Me alegra verla por aquí, yo creí que este año ya no vendría- dijo Hernán, acercándose con la carta.

-¿Por qué?, si he venido aquí cada año

-Sí, pero suele venir una o dos semanas antes

-Tiene razón, no creí que se acordara tanto de mí

-¿Cómo no hacerlo? Creo que desde el ’95 la he visto cada año

-Desde el ’94, en realidad… -dijo ella con una risita.



Pidió lo de siempre y, después de habérselo acabado todo, se acercó al borde de la terraza, para mirar las pocas estrellas que había esa noche, reflejadas sobre el mar. De un momento a otro un olor intenso invadió sus pulmones y la hizo volver a la realidad, al verse obligada a toser. Cerró lo ojos por un momento y cuando los volvió a abrir se encontró a Manuel, uno de los dueños del local, que fumaba a su lado.

-¿Te molesta?, si quieres lo apago…

-No, está bien- dijo Graciela mientras seguía tosiendo

-Entonces lo apago- Y, sin decir más, lo pisó.

-No me molestaba- dijo ella mientras se ruborizaba.

-No hay problema. Sólo disfruta el paisaje.



Se hizo una pausa y, por un momento, sólo se escucharon las olas y un relámpago se vio en el horizonte.

-Vienes siempre aquí, ¿no?- dijo Manuel

-Sólo una vez al año

Entonces Manuel rompió en una carcajada

-Sí, pero vienes cada año… - Un trueno lejano lo interrumpió.

-¿Qué es eso?- agregó, señalando el mar

-Debe haber sido otro relámpago- dijo Graciela sin estar muy segura de lo que acaba de ver

-Pero… lo viste ¿no?

-Sí, fue como un destello en el horizonte

-Ya lo he visto otras veces… pero hace dos semanas que lo veo más seguido

-¿Qué es “más seguido”?

-Día por medio… cada dos o tres días…

-Será algún barco…

-No, en noches tormentosas no salen barcos de este puerto

-¿Y uno que… llegue… a este puerto?

-Ningún barco de los que llegan a este puerto brilla tanto.

-Bueno, entonces no tengo ninguno otra idea de qué pueda ser…

-Y ¿eso de allí?- dijo Manuel, ahora señalando la orilla

-Parece… gente… y un bote…